Me gustaría poder saludarte como si nada, con toda naturalidad, igual que si fuéramos dos chavales que se encuentran en el patio del colegio y empiezan a hablar de cualquier cosa, de esa nueva peli de monstruos, del cromo que me falta o de por qué no compartimos un paquete de pipas con sal que nos dajará los labios inflamados hasta casi no poder reconocerlos como nuestros, hasta que no nos permita sentir el beso que al final de la tarde, no delante de la puerta para que no nos vean nuestros padres pero sí en una esquina como esa donde se apoya ahora, acabarás por regalarme.